Hay personas que siempre están abiertas a considerar cualquier posibilidad, antes de comprometerse con alguna opinión estable. Absorben enormes cantidades de información, la relacionan permanentemente y hacen de esto un juego especulativo interminable. Proponen un constante “abrir”, que por definición les impide echar anclas en algún lugar y bucear en las profundidades del conocimiento.
Otras, por el contrario, prefieren ir en búsqueda de “la verdad”. Y cuando creen haberla encontrado, claman a los cuatro vientos que se han topado con un principio inmutable e universal.
Así, optan por descartar cualquier otra información que entre en contradicción con ella, iniciando así un proceso de momificación y cristalización tendiente a preservar su “hallazgo” hasta la eternidad, para así poder transmitirlo “intacto” a todos los demás.
Intenté describir dos extremos de una misma polaridad muy conocida: Relativismo Vs. Absolutismo.
Es evidente que la consciencia humana tiene una seria limitación. Registra las cosas a través de sus sentidos, de forma parcial y jamás en su totalidad..
Así, somos incapaces de percibir la temperatura como tal. Sentimos frío o calor, pero nunca las dos cosas al mismo tiempo. Lo mismo nos sucede con la noche y el día, la felicidad y la tristeza; el amor y el odio; etc.
Y como seres polares que somos, seguramente todos nosotros hayamos visitado alguno de los extremos de los que he hablado, sin poder resistir la tentación de enamorarnos de alguno de ellos.
¿Cuál sería entonces el punto de encuentro de esta paradoja?